Vuela alto querida Carmen Salinas

Vuela alto querida Carmen Salinas

El día que internaron a Carmen Salinas por ese derrame cerebral me resistí a escribir y platicar sobre el ángel terrenal que era, porque le pedía a Dios volverla a ver.

Cada día que pasaba era una esperanza, muchos queríamos escuchar esa noticia, la buena noticia de que habías librado una batalla más en esta vida, que te ibas a recuperar, que podríamos disfrutar no sólo de tu siempre impecable trabajo, sino de tus abrazos, del cariño, de tu amabilidad, de las risas interminables, de una rica charla en tu casa. Sí, esa casa que era de muchos, porque siempre estuvieron las puertas abiertas para todos y no sólo para los cercanos a ti, los del medio del espectáculo o tus amigos cercanos, sino para cualquier persona que llegara ahí.

Hoy confirman tu deceso, es un día muy triste para todos los que te queremos. Los sentimientos no me dejan pensar bien, vienen tantas imágenes de lo que a tu lado viví. De tu trabajo profesional hablarán muchos, hoy quiero compartir lo que dejaste en mi corazón; seguro voy de una idea a otra, pero es que son tantos años de haber disfrutado de ti que aparecen de golpe en mi mente.

Siempre te recordaré, mi querida Carmen Salinas

Te extrañaré, mi querida Carmen Salinas

Recuerdo perfecto cuando nuestro querido Arturo Pacheco nos presentó. Si bien ya te había entrevistado algunas veces en algún “chacaleo”, a partir de ese día siempre me tuviste presente. Cada vez que coincidía contigo sentía tu calidez y cariño; en cuanto te dabas cuenta que estaba ahí me llamabas y, a veces, me reclamabas que hacía mucho no te veía. Me preguntabas cómo estaba y luego me decías que no me alejara. El “Chatito” Cejudo también me recibía con cariño, eran uno mismo, los dos de gran corazón. Gracias por cada bienvenida, por cada sonrisa, por cada momento.

Otra escena inolvidable fue aquella vez que hice un reportaje en tu casa y cuando me mostraste tu colección de perfumes, varios de ellos perfectamente acomodados en un mueble. Me platicaste lo que te gustaban y me pediste que tomara alguno. Yo respondí que no, pero insististe tanto que tuve que hacerlo ante la amenaza de que tu escogerías el que a ti te gustaba y, bueno, como siempre, salí con un regalo de tu parte.

Y es que no sólo se trata de regalos materiales, siempre nos diste regalos del corazón. Cómo no agradecerte siempre que nos hayas apoyado a los del gremio periodístico.

Cuando falleció mi querido amigo y colega Víctor Echeverría, no sólo nos facilitaste los trámites, sino que pagaste su velorio y le diste una digna despedida; incluso nos ofreciste que reposara en el panteón Español, junto a los tuyos, junto a tu querido Pedrito y El “Chatito” Cejudo, quienes seguramente te abrazaron en cuanto llegaste al cielo.

Hay tantas escenas en mi mente, como las veces que disfruté de Aventurera, tú obra, porque la hiciste tuya con tu estilo inigualable.

Cada vez que yo iba, trataba de estar sentada en el área destinada a la prensa, pero cuando me descubrías, de inmediato me subías a las mesas del escenario. Creo que era un regalo y tu forma de demostrar tu cariño.

Pocos saben que eras la “manina” (madrina) así te llamábamos Arturo Pacheco y yo, porque que nos diste la patada de la suerte en el programa de radio La Tijera. Fuiste la madrina de muchos, siempre deseando lo mejor para cada proyecto, para cada persona.

Tu generosidad no tenía límites, igual pagabas el hospital de algún compañero periodista, que la colegiatura de sus hijos, le dabas de comer a los necesitados, a muchos los invitaste a La Casa de las Sopitas…

Recuerdo muy bien afuera del teatro a varias personas, ya fueran vendedores ambulantes o policías, siempre agradecidos por el cariño que les dabas. Nunca tuviste un mala cara para nadie. 

Las posadas, fiestas y tus cumpleaños en tu casa eran maravillosas, comida al por mayor, diversión, buenos deseos, regalos y rifas para todos… Y así puedo contarle a todos esto y mucho más; esos abrazos cálidos que siempre nos diste, esas palabras de aliento o regaños a tiempo como una buena madre. 

Cuando Gus (Gustavo Briones), tu querido sobrino, me contó que tendrías tu canal en Youtube lo celebré mucho y cada viernes era un gusto recomendar tus entrevistas, tan divertidas e interesantes. Verte trabajar siempre fue un placer, tus imitaciones de famosos en el Teatro Blanquita eran una delicia. Te digo, voy de una escena a otra y es que no me alcanzaría el espacio para decirle a todos lo buena que fuiste.

¡Ay mi querida Carmen! Nos dejas con un gran vacío, nadie como tú, mi querida “manina” te extraño. Ahora eres un ángel en el cielo; sé que desde ahí nos cuidarás porque tu amor no tiene límites, fronteras ni espacio.

Descansa en paz, tu gran legado se queda impregnado en la piel y la memoria de los que te conocimos.

Gracias, gracias, gracias, con todo mi amor.

Hasta siempre, Carmen Salinas

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